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Edición 51 • 20 al 26 de diciembre de 2009

“Papito, gracias”

Juan era un buen proveedor.

Bueno, pero no el más integral.

Atendía a su esposa Ana como a una reina y a Juancito, su único hijo, le ofrecía todo, excepto lo más importante: su atención.

En Navidad, el Día de Reyes, en su cumpleaños, en cada aprobación de un semestre escolar y durante el verano Juan buscaba un pretexto para “sorprender” a su unigénito con un regalo.

Todos lo que se pueda imaginar estaban, en bandeja de plata, al alcance del preadolescente: computadoras, juegos electrónicos, teléfonos celulares, reproductores de mp3, ropa a la moda, bicicletas, motoras, etcétera.

Pero el chico carecía de afecto. Nunca escuchó de su papá frases como: “hijo, ya te crece el bigote”, “te ha cambiado el tono de voz”, “mira, esto es bueno para el acné” y “cuéntame las dudas sobre tu sexualidad”.

Juan, promovido a una posición ejecutiva en su empleo, literalmente se había convertido en un esclavo del trabajo. Llegaba a la oficina a las 7:30 a.m. y muchas veces lo sorprendían las 9 p.m. en reuniones de negocios con sus clientes.

Sus finanzas y ahorros crecieron como la espuma, pero entre su familia y él había un vacío emocional que el dinero y el afán por lo material no podían llenar.

Ana se lo decía: “no trabajes tanto”, “busca un balance” y “atiende a Juancito”.

Por su adicción al dinero, su matrimonio entró en crisis. Ana lo intentó salvar gestionando su participación en retiros, direcciones espirituales y consejería sicológica. La situación familiar mejoraba dos o tres semanas, pero Juan no era consecuente porque lo material llenaba más su corazón.

Desde la pasada Navidad, sin embargo, la relación ha mejorado. Juancito tuvo un accidente en la motora en el que casi pierde la vida. Ana casi enloquece. Y a Juan no le quedó más remedio que acompañar a su hijo, día y noche, en el hospital.

Un mes después, ya recuperado y con su mamá al lado de su cabecera, Juancito le confesó: “Papi, gracias por el tiempo que has pasado a mi lado. Las lágrimas que derramaste cuando orabas a Dios por mi recuperación son el mejor regalo que he recibido de ti porque me convencieron de que en verdad me quieres mucho. Tú eres mi mejor regalo”.

Semanas después, Juan regresó a la corporación y solicitó su posición de antaño. Ahora, aunque su remuneración es inferior, sí disfruta día a día de su riqueza más preciada: su familia.

(Nos reservamos la identidad de sus protagonistas. Si desea contar su historia o la de un caso conocido puede escribir a director@elvisitante.net)

 

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