Discursodel Santo Padre Juan Pablo II a la Conferencia Episcopal de Puerto Rico envisita Çad limina apostolorumÈ

Lunes 14 de marzo de 1994

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. El Se–or nos concede hoy la gracia de esteencuentro, testimonio elocuente de vuestra uni—n con el Sucesor de Pedro,mediante la cual se fortalecen los v’nculos de la caridad en el ministeriopastoral, continuaci—n de la misi—n encomendada por el mismo Cristo a losAp—stoles. En estos momentos de viva comuni—n, sentimos tambiŽn la cercan’a devuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y dem‡s colaboradores en la tareade cuidar Òla grey, en medio de la cual os ha puesto el Esp’ritu Santo comopastores de la Iglesia de Dios, que Žl adquiri— con la sangre de su propioHijoÓ (Hch 20,28). Estas palabras de san Pablo describen en toda su grandeza lamisi—n que nos ha sido confiada y nos hacen comprender el grado de solicitudcon que, a ejemplo del Buen Pastor, hemos de entregarnos al cuidado de nuestrascomunidades eclesiales.

La hora presente, queridos hermanos, es la hora delanuncio gozoso del Evangelio, la hora del renacimiento moral y espiritual. Losvalores cristianos, que han configurado la historia de Puerto Rico, han desuscitar un renovado impulso en todos los hijos de la Iglesia cat—lica para darun testimonio di‡fano de su fe, mediante una vida inspirada en los principiosdel Evangelio. Es el momento de llevar a cabo una intensa acci—n pastoral, que,con audacia apost—lica, conduzca a la renovaci—n de la vida interior de vuestrascomunidades eclesiales y de toda la sociedad puertorrique–a.

2. Para ello, es indispensable la estrecha comuni—nafectiva y efectiva entre los Pastores del Pueblo de Dios. El Concilio VaticanoII dice al respecto: ÒLos Obispos, como leg’timos sucesores de los Ap—stoles ymiembros del Colegio episcopal, han de ser siempre conscientes de que est‡nunidos entre s’ y mostrar su solicitud por todas las Iglesias. En efecto, porinstituci—n divina y por imperativo de la funci—n apost—lica, cada uno junto conlos otros Obispos es responsable de la Iglesia Ó.(Christus Dominus, 6). Esta unidad,que hoy tenŽis que promover con particular intensidad y expresar de maneravisible, es fuente de consuelo en el arduo ministerio que se os ha confiado y,a la vez, garant’a y aliento para los fieles, que pueden ver vuestro serviciopastoral como nacido verdaderamente del Esp’ritu del Se–or, que acompa–a ydirige a su Iglesia en cada momento y en todas las coyunturas de la historia.

La colegialidad lleva consigo exigencias pastoralesque, como Obispos, no podemos olvidar. En efecto, leemos en la Constituci—ndogm‡tica sobre la Iglesia: ÒAs’ como, por disposici—n del Se–or, san Pedro ylos dem‡s Ap—stoles forman un œnico Colegio apost—lico, por an‡logas razonesest‡n unidos entre s’ el Romano Pont’fice, sucesor de Pedro, y los Obispos,sucesores de los Ap—stolesÓ (Lumen gentium, 22). El Obispo esel principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia particular de laque es Pastor (cf. ib., 23), pero como miembro del Colegio Episcopal debeactuar solidariamente con sus hermanos, sobre todo dentro del ‡mbito de unmismo pa’s. El afecto colegial es el alma de la colaboraci—n entre los Obisposy presupuesto indispensable para la eficacia apost—lica.

3. Comuni—n y ministerio son dos grandes aspectos dela unidad de la Iglesia, de la que somos servidores y custodios. Comprender laIglesia como comuni—n es penetrar mejor en el coraz—n de su misterio y en laidentidad de la misi—n como Obispos, llamados a proclamar que esta comuni—nnuestra es Òcon el Padre y con su Hijo, JesucristoÓ (1Jn 1, 3).

El Obispo para hacer presente a Cristo, Buen Pastor,recibe en la ordenaci—n episcopal la plenitud del Esp’ritu Santo, de la cualbrotan insondables riquezas, para que, mediante la Palabra y los sacramentos,pueda edificar la Iglesia, comunidad de salvaci—n y lugar de encuentro conDios.

Sin embargo, no hay que olvidar que la primera formade evangelizaci—n es el testimonio (cf Redemptoris missio, 42-43). Por ello,la santidad de vida es el don m‡s precioso que podrŽis ofrecer a vuestrascomunidades y el camino de verdadera renovaci—n, que el Concilio ha pedidoaportar a la Iglesia. Sed, pues, ÒmodelosÓ para vuestra grey, como exhorta sanPedro (cf 1P 5, 3): Òen la palabra, en el comportamiento, en la caridad, en lafe, en la pureza de vidaÓ, como recomienda san Pablo a Timoteo (1Tm 4, 12). Hoym‡s que nunca se os pide un testimonio evangŽlico personal. Ante todo, os lopide Cristo, Buen Pastor y Cabeza de los Pastores, con su propio ejemplo debondad, mansedumbre y caridad hasta dar la vida por sus ovejas como supremamanifestaci—n del amor.

4. Sois bien conscientes de que la santidad es unaexigencia de perenne actualidad. El hombre siente hoy una necesidad urgente detestigos de vida santa. De ello se hac’an eco los Obispos de AmŽrica Latinareunidos en la Conferencia de Santo Domingo al afirmar: ÒHemos sentido que elSe–or Jesœs repet’a el llamamiento a una vida santa (cf. Ef 1, 4) fundamento detoda nuestra acci—n misioneraÓ (Documentum Sancti Dominici, n. 31). En efecto,el anuncio de la verdad de Cristo, Òfuerza de Dios y sabidur’a de DiosÓ (1Co 1,24), tiene que ir respaldado por el testimonio de una vida fraguada en laoraci—n y en el humilde servicio de amor a todos.

En esta exigencia de santidad y ejemplaridad personal,os encomiendo encarecidamente que –a imitaci—n de Jesœs, Maestro y amigode los disc’pulos– prestŽis una atenci—n especial a vuestros sacerdotes.Ellos son los colaboradores inmediatos en el ministerio episcopal y deben serlos primeros destinatarios de vuestro cuidado pastoral. Procurad tratarlos conprofunda amistad y fraternidad, ayud‡ndoles a desempe–ar con abnegaci—n elministerio que han recibido de Cristo en favor de los hombres. Y si alguno, pordebilidad, no fuera fiel a sus compromisos sacerdotales o, lo que es peor,dejara de ser modelo y gu’a para los fieles a quienes tendr’a que edificar,deber vuestro es – con la actitud del Buen Pastor – amonestarlo contoda solicitud y amor, sabiendo que el bien de las almas, ley suprema de laIglesia, debe ser el objetivo prioritario en vuestra tarea de apacentar elreba–o que Cristo ha adquirido con su sangre (cf Hch 20, 28).

5. Los retos de la Žpoca actual requieren m‡s quenunca sacerdotes virtuosos, formados en el esp’ritu de oraci—n y sacrificio,con una s—lida preparaci—n en las ciencias eclesi‡sticas –cuya alma es laSagrada Escritura (cf. Dei Verbum, 24)–, conactitud de obediencia, entregados al servicio de Cristo y de la Iglesiamediante el ejercicio de la caridad. En efecto, el Concilio Vaticano II nos ense–aque Òla caridad pastoral brota, sobre todo, del sacrificio eucar’stico, que es,por ello, centro y ra’z de toda la vida del presb’tero, de manera que elsacerdote se esfuerza por aplicarse a s’ mismo lo que se realiza en el altardel sacrificioÓ (Presbyterorumordinis, 14). Por consiguiente, la primera y gran responsabilidad del sacerdoteante el pueblo fiel es la de ser irreprochable en su conducta personal,siguiendo a Cristo pobre, casto y obediente. Vuestro pueblo es muy conscientede la dignidad del sacerdote y en cada uno de ellos espera ver a un pastorejemplar, entregado a su ministerio con la generosidad de quien se haconsagrado al Se–or en una vida de celibato, para dedicarse por entero a lamisi—n que se le ha confiado (Presbyterorumordinis, 16).

6. Es desde la plena configuraci—n con Cristo como seentiende la legislaci—n de la Iglesia latina –y tambiŽn la de algunosritos orientales– que exige a todos los sacerdotes el celibato. ÒEstavoluntad de la Iglesia encuentra su motivaci—n œltima en la relaci—n que elcelibato tiene con la ordenaci—n sagrada, que configura al sacerdote conJesucristo, Cabeza y Esposo de la IglesiaÓ (Pastores dabo vobis, 35). El sacerdoteha de pedir insistentemente la gracia de vivir fielmente este gran don con queel Se–or ha bendecido a su Iglesia. Es Žsta una exhortaci—n que, por mediovuestro, queridos Hermanos en el Episcopado, dirijo hoy a todos los sacerdotesde Puerto Rico, que colaboran con vosotros en las tareas de la nuevaevangelizaci—n. Con vuestra palabra y vuestro ejemplo de entrega y santidad,ayudadles a ser en todo momento luz que ilumine y sal que dŽ sabor de virtudescristianas a cuantos les rodean. Que su testimonio como sacerdotes sea siempreirreprochable, para que los necesitados de la luz de la fe acojan con gozo lapalabra de salvaci—n; para que los pobres y los m‡s olvidados sientan lacercan’a de la solidaridad fraterna y experimenten el amor de Cristo; para quelos sin voz se sientan escuchados; para que los tratados injustamente hallendefensa y ayuda.

7. En esta misma perspectiva de vida sacerdotal,quisiera referirme a un tema que, para la Iglesia de nuestros d’as, es motivode preocupaci—n y de viva esperanza: el Seminario. En Žl se van forjando loscandidatos al sacerdocio, de los cuales depender‡ en gran medida el futuro delas Iglesias particulares. Por ello, habŽis de prestar una especial solicitudpara que el Seminario sea, ante todo, Òuna comunidad educativa en caminoÓ, enla que se reviva Òla experiencia formativa que el Se–or dedic— a los doceÓ (Pastores dabo vobis, 60); una escuelade verdaderos pastores, en la que se imparta una formaci—n integral a nivelespiritual, humano, intelectual y pastoral.

Todos sois conscientes de que el problema de losSeminarios va m‡s all‡ del simple aumento numŽrico de los alumnos. En efecto,un elemento central de toda pastoral vocacional es el cuidadoso discernimientoen la aceptaci—n de los llamados al sacerdocio y su sol’cito seguimientodurante el per’odo de formaci—n. Por lo cual, es de capital importancia laselecci—n de los formadores y profesores de los Seminarios. A este prop—sito,la Congregaci—n para la Educaci—n Cat—lica ha emanado recientemente eldocumento Ò Directrices sobre la preparaci—n de los formadores en losSeminarios Ó, que ofrece criterios y l’neas de acci—n en un campo de tantaimportancia para la vida de la Iglesia. En efecto, por ser Žsta una tarea degran transcendencia para el presente y el futuro de vuestras di—cesis, habŽisde encomendarla a sacerdotes id—neos y de probada virtud. ÁC—mo no expresarviva gratitud a tantos formadores y profesores de Seminario, que, mediante sulabor –a veces oculta y sacrificada– contribuyen d’a a d’a a formarde modo integral a los futuros sacerdotes!

8. Dedicad tambiŽn lo mejor de vuestro tiempo yesfuerzo a promover la catequesis a todos los niveles, desde sus aspectos m‡s’ntimos de conversi—n personal a Dios, hasta el despliegue de la vidacomunitaria, sacramental y apost—lica. En esta labor de educaci—n en la fe osanimo a continuar en vuestra solicitud pastoral por los j—venes, quienes, confrecuencia, encuentran dificultad para vivir su vocaci—n cristiana conintensidad y coherencia en medio de una sociedad secularizada y debilitada ensus valores morales. Es preciso que cada joven descubra que Cristo es la verdadque nos hace libres (cf Jn 8, 34); que ƒl es para todos Òel camino, la verdad yla vidaÓ (ib., 14, 6). Jesœs tambiŽn llama hoy a muchos de ellos: ÒVen ys’guemeÓ (Mt 19, 21).

Ciertamente, una pastoral vocacional bien estructuradaha de prestar particular atenci—n a las familias, en cuyo seno se fragua elfuturo de la humanidad y de la misma Iglesia.

Como muestra de mi solicitud por esta cŽlula primariade la sociedad, he querido dirigir recientemente una ÒCarta a las FamiliasÓ,para que durante este a–o, dedicado especialmente a ellas, se profundice en larealidad de la instituci—n familiar, poniendo de manifiesto los valores–hoy seriamente amenazados– de esta comunidad de vida y amor.

9. A este respecto, es motivo de gozo constatar lareligiosidad de las familias puertorrique–as, que esperan y necesitan vuestragu’a doctrinal, para poder purificar as’ y consolidar en la verdad sus vivascreencias religiosas. Como se–ala acertadamente el ÒDocumento de SantoDomingoÓ, Òla religiosidad popular es una expresi—n privilegiada de lainculturaci—n de la fe. No se trata s—lo de expresiones religiosas sino tambiŽnde valores, criterios, conductas y actitudes que nacen del dogma cat—lico yconstituyen la sabidur’a de nuestro pueblo, formando su matriz culturalÓ (DocumentumSancti Dominici, n. 31).

No obstante, sabŽis bien que, como Òverdaderos yautŽnticos maestros de la feÓ (Christus Dominus, 2), es misi—nvuestra ofrecer rectos criterios a los fieles, de manera que brille siempre laverdad y la sana doctrina, y se eviten desviaciones que pueden sembrarconfusi—n atentando a la pureza de la fe misma.

10. Al concluir este encuentro fraterno mis palabrasquieren ser sobre todo un mensaje de viva esperanza, de aliento y est’mulo paravosotros, en obediencia al mandato de Cristo de confirmar en la fe a loshermanos (cf Lc 22, 32).

Con todo mi coraz—n quiero apoyaros en esta hermosalabor de dirigir e iluminar la vida del Pueblo de Dios. En estos momentos,dejadme tener tambiŽn un recuerdo, lleno de afecto, para todos los miembros devuestras Iglesias diocesanas: especialmente los sacerdotes, generososcolaboradores de vuestro ministerio, los religiosos y religiosas, losseminaristas y sus formadores, los catequistas y educadores, los padres ymadres cristianos, todos los fieles que son testigos del Evangelio deJesucristo en el campo y en la ciudad, en la universidad y en las f‡bricas, enla salud y en la enfermedad, en la cultura, en la pol’tica y en los diversos‡mbitos de la vida social.

A todos imparto con gran afecto la Bendici—nApost—lica.