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| Oscar Romero y Roberto González: profetas por su pueblo |
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| Escrito por P. Rafael Méndez |
| Domingo, 07 de Marzo de 2010 00:00 |
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Pronto se cumple el trigésimo aniversario del asesinato-martirio de Monseñor Oscar Romero, arzobispo de El Salvador. En él pensaba recientemente cuando las lecturas del cuarto domingo del Tiempo Ordinario nos hablaban de los sufrimientos y persecuciones que los profetas tienen que pasar por anunciar la verdad y denunciar las injusticias. Jeremías, al hablar sobre su llamado vocacional nos indica que tiene que enfrentar a reyes y poderosos.
"Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte." Oráculo del Señor. El motivo de este anuncio era que Jeremías estaba llamado a decirle a Jerusalén que se rindiera ante el asedio de Babilonia dado que Dios estaba dándole un escarmiento a la Ciudad Santa por sus muchos pecados. Ese anuncio le acarreó mucho sufrimiento a Jeremías: persecuciones, castigos, cárcel. Por otro lado, en el Evangelio, por poco tiran a Jesucristo por un precipicio porque Él, citando a los profetas, estaba anunciando un mesianismo que no conocía fronteras políticas, lo que enfureció a sus paisanos, muchos de ellos celotes, que esperaban a un Mesías político que liberara a Israel del dominio romano. En ambos casos, hay un elemento político y es que el profetismo de Israel, como está llamado a erradicar las injusticias, denuncia las causas de éstas y en el caso de Israel, muchas veces las injusticias y la corrupción venían del gobierno. El Evangelio dará un paso más allá cuando Jesucristo anuncia que viene a implantar el Reino de Dios, el Reino de los Cielos, y al hacerlo, nos llama a todos a la conversión, a renunciar a todas las fuentes de injusticias. Cuando un profeta hace eso, le viene por consecuencia la persecución. Esto es lo que le pasó a Oscar Romero: él, por denunciar las atrocidades del gobierno de derecha, que incluía asesinatos a los campesinos, asesinatos a sacerdotes y religiosas, no sólo le acarreó la incomprensión de muchos de los suyos, sino la muerte mientras alzaba la hostia al celebrar la misa. Al hacer esta reflexión, me muevo irremediablemente a pensar sobre nuestro Pastor, Monseñor Roberto González. Desde los inicios de su pontificado aquí en San Juan, él se ha situado en la línea del profetismo. Por un lado, se ha puesto al lado de los necesitados, como es el caso de nuestros hermanos viequenses. En este punto, sigue la línea del Profeta Isaías y que Cristo asume, la de "anunciar la buena noticia a los pobres". Por otro lado, su defensa de la identidad católica puertorriqueña y de nuestros valores patrios, reflejadas en sus dos cartas pastorales: "Patria, Nación e Identidad: don indivisible del amor de Dios", y "Bendición", lo sitúan en la misma línea de los profetas Elías y Eliseo, que le llamaban la atención al pueblo de Israel para que no abandonaran a su Dios Yahveh por los dioses de los pueblos extranjeros, cayendo así en el pecado de idolatría. Por esos llamamientos, estos profetas fueron perseguidos por los reyes de Israel, que trataban de introducir al pueblo escogido estos cultos paganos. Baste recordar que Eliseo estuvo huyendo de la malvada reina Jezabel. Al igual que los profetas, nuestros pastores-profetas sufren la persecución. Aunque las situaciones son diversas, se les acusa de meterse en política cuando lo que hacen es lo mismo que los profetas. A nuestro Arzobispo se le ha acusado hasta de salirse de las enseñanzas de la Iglesia, cuando él sigue el magisterio pontificio. Sus exhortaciones siguen la línea de "Pacem in Terris" de Juan XXIII, "Populorum Progressio" de Pablo VI, el magisterio de Juan Pablo II en "Laborem Exercens" y el libro Memoria e identidad, sin dejar de mencionar "Caritas in Veritas" de Benedicto XVI. Nosotros debemos sentirnos orgullosos de pastores proféticos. No obstante, la persecución y el ataque pueden minar su corazón. Por esto oremos para que el Espíritu les siga dando la fuerza para continuar su ministerio. (El autor es párroco de Santo Domingo de Guzmán, de Vanscoy en Bayamón) |




